miércoles, 21 de septiembre de 2016

El Bosco: el pintor de los placeres y el Infierno

Descubrir a Jheronimus van Aken, pintor más conocido como El Bosco, a estas alturas es como descubrir que el sol sale por el este. No cabe duda de que es uno de los artistas más universales y que más han concitado -y concita- el interés de especialistas y público en general. No hay más que ver las largas colas que se han ido formando a lo largo del tiempo en que lleva abierta la exposición conmemorativa de su V centenario y que tiene como marco el madrileño museo de El Prado. La clausura, prorrogada quince días, se llevará a cabo el próximo día 25 de septiembre.

Para los que hemos sido y somos asiduos de este museo algunas de las obras expuestas son sobradamente conocidas, ya que forman parte de la colección permanente de la pinacoteca. Hablo de La mesa de los pecados capitales, El carro del heno, La extracción de la piedra de la locura, varias versiones de Las tentaciones de San Antonio Abad o la estrella de la corona, el archifamoso Jardín de las delicias. Otras provienen de países, de museos o colecciones que han cedido las obras para deleite nuestro.

Más allá de comentar desde el punto de vista artístico cada obra, su composición o su significado- existen miles de tratados que lo hacen mejor yo-, quiero dedicar este artículo a intentar transmitir las sensaciones, las emociones que mi visita a la muestra ha suspuesto.

Desde hace tiempo intento despojarme del barniz de licenciada en arte cuando contemplo una obra para intentar situarme ante ella simplemente como espectadora y dejarme llevar. He de reconocer que en un evento de esta magnitud es complicado, ya que el público en ocasiones situado frente a la obra distorsiona la percepción y es difícil conseguir la abstracción necesaria para conectar con la obra de arte y escuchar lo que nos cuenta, evitando ser nosotros los que hablemos de ella.

Durante una hora y media me vi inmersa en el mundo de los placeres, terrenales y divinos que el pintor flamenco reproduce en sus obras, dejando muy claro que ambos son excluyentes. Porque por muy deliciosa que sea la vida terrenal- la tabla central de El jardín de las delicias así nos lo muestra- terminaremos siendo condenados a ese Infierno que tan magistralmente reproduce, lleno de seres cuya fisonomía, no cabe duda, ha inspirado la iconografía maligna siglos después.

Toda la obra de El Bosco es una denuncia del pecado y de sus consecuencias. Un catálogo de las debilidades humanas, de la estupidez, de la necedad, de la locura, cuya única redención es Cristo. Pero, paradójicamente, en la retina queda impreso la mágnifica iconografía de lo prohibido, mientras de la sencilla placidez de la Redención se diluye en la pacífica pradera del Edén.

No hay más alternativa para el pintor que la condena o la salvación. Sirva como muestra la obra que aquí os dejo: Visiones del más allá, cuatro tablas que se conservan en la Galleria dell'Academia de Venecia, y que con una clara reminiscencia dantesca nos muestra esta dicotomía.

Luz, oscuridad; ángeles o demonios; pecado o redención: paradigmas que rodean la obra de El Bosco y que captan y te atrapan entre el Cielo y el Infierno.



Elena Muñoz






lunes, 12 de septiembre de 2016

El vértigo del relato con Fernando López Guisado: Montaña rusa

El próximo viernes 16 de septiembre tendrá lugar la presentación del libro de relatos Montaña rusa, primera incursión narrativa  en solitario del escritor Fernando López Guisado, cuya poesía es una de las más atractivas del actual panorama literario. El evento tendrá lugar en el Centro riojano, en Madrid.

Editado bajo el signo de Vitruvio, editorial que también ha publicado sus dos anteriores poemarios: La letra perdida y Rocío para Drácula, Montaña rusa es un recopilatorio de relatos en la línea de inquietante terror y suspense del que López Guisado gusta mucho y del que ya se conocen ejemplos en otras antologías.

Presidente de la Asociación Letras Vivas, miembro de diversas asociaciones literarias y fundador de la plataforma literaria La hermandad de Poe, este técnico en radiodiagnóstico es además un gran impulsor cultural.

Para saber un poco más de su obra le hemos pedido que nos conteste a estas preguntas.

Montaña rusa es tu primera incursión en solitario en la narrativa. ¿Cómo surge la idea de este libro?

Relatos míos llevan apareciendo un tiempo en diversas publicaciones corales y revistas. Fue iniciativa de mi editor, al comprobar su popularidad y las buenas críticas que recibían, el que conglomerase este proyecto que supone un salto a la narrativa.

¿Son relatos independientes o has seguido una línea argumental?

Uno de los relatos que ya habían salido al exterior se titulaba así: Montaña rusa. Como todos tienen interrelaciones muy sutiles y concordancias (recurrencias en villancicos, fechas señaladas, elementos argumentales o formales) decidí que el libro estableciera una suerte de correlato general con un hilo prácticamente invisible que provocase en el lector la sensación de estar subido en una atracción trepidante, con sus ascensos y descensos, por lo general centrándose en el estilo, la extensión y el impacto de las tramas. Cada relato es totalmente independiente, pero cada uno a su modo aporta un giro distinto, una meseta, una bajada suave o una defenestración inesperada. Uno de los ejemplos es la alternancia entre relatos crudos o sucios con otros de extremado lirismo, casi poemas en prosa, así como la de piezas extensas que apuntaban a una nouvelle con microrrelatos que apenas pasan de una sola página para que el lector pueda elegir su dosis según el tiempo del que disponga en cada momento.

¿Crees que estos relatos pueden aportar algo diferente al panorama literario? ¿Hay en ellos influencia de tus referentes literarios en este género?

Uno siempre desea aportar pero eso no lo decidimos nosotros y nos marcharemos sin realmente saber si lo hemos conseguido. No obstante, quiero aportar mi sutil grano de arena a la dignificación de un género, utilizando elementos del mismo para hablar, en realidad, de una emoción y sus consecuencias: aislamiento, angustia, hipocondria, crueldad laboral, maltrato conyugal. Los cuentos que salen están llenos de elementos sobrenaturales, que se utilizan como elemento de contrapunto para las verdaderas monstruosidades humanas. Mis monstruos tienen mucho miedo de lo que podemos llegar a hacer o sufrir sin que nadie nos obligue. En cuanto a las influencias, no podemos matar al padre sino honrarlo. Si tuviera que elegir un título para ellas sería el de dos series de televisión: "Alfred Hitchkok presenta" y "La Dimensión Desconocida". Es tratar de llevar a cabo ideas locas y contradictorias como emulsionar en el mismo relato un cuento de fantasmas con un estilo puramente realista como el Carver.

¿Además de las obvias, qué diferencias has encontrado como escritor al enfrentarte al relato o a la poesía?

La poesía es la vehiculización de un sentimiento puro que no necesita de una tramoya argumental. No obstante, no soy un gran creyente de las diferencias entre los géneros. Hay poemas dentro de uno de los relatos de Montaña Rusa, como Vacas; o ejercicios de terror profundamente líricos como PariZ o Reflejo de Loreley. El relato, no obstante, me da una autopista vacía para la creación de mi ficción estable e imaginativa. Para digerir, como hacían los chamanes, un concepto o situación y presentarlo al mundo con mi perspectiva creando una historia. No soy bueno comunicándome a no ser que esté contando algo que me apasione y me invente a su vez. Además, a la poesía siempre, aunque satírica, le han colgado una etiqueta de solemnidad de cara al exterior. Aunque no sea cierto no se puede luchar contra los elementos, por tanto el relato me da pie para algo que la lírica musical y pura no me permite: convertirme en un absoluto gamberro sinvergüenza. Retratar amigos y cambiarles la personalidad, satirizar situaciones terribles, meterme en un laboratorio donde cada serpentín y matraz obedecen a destilar un sólo elemento, la imaginación que todo lo cubre.

¿Por qué leer Montaña rusa?

Porque hay relatos para todos los gustos, edades y momentos, con diferentes extensiones, cubren todos los estilos que me han salido desde el líricamente solemne al bronco vulgar, hablan de cosas humanas desde una perspectiva del monstruo sobrenatural y, en definitiva, creo que el resultado es, sobre todo y por lo que me ha llegado a los oídos, profundamente divertido. Por lo menos yo me lo he pasado bomba escribiendo su interior. Ah, y el libro no sale caro. Dos copas en un bar de medio pelo que luego meas a las dos horas. Con este tomo siempre puedes idear algo para usarlo de otra manera que no sea leer si no te gusta. 

miércoles, 31 de agosto de 2016

El primer asesinato de Jack El destripador

Tal día como hoy en 1888 el primer asesino en serie reconocido por la historia se cobraba su primera víctima a la que siguieron otras cuatro. Dichos asesinatos sucedieron en el barrio londinense de Whitechapel, que a la sazón nutría a más 1200 prostitutas y 62 burdeles.


El cadáver de la primera víctima canónica, Mary Ann Nichols, de Jack el Destripador fue encontrada en la calle Buck's Row —actual calle Durward—, Whitechapel, en la madrugada del viernes 31 de agosto de 1888. Tenía dos cortes en la garganta, y su abdomen estaba parcialmente desgarrado por una herida en forma irregular hecha con algún cuchillo, además de que presentaba muchas otras incisiones en esa misma parte de su cuerpo.

Cerca de las 23 del 30 de agosto de 1888 fue vista caminando por la calle. A las 12.30 de la madrugada del día entrante se la vio salir de un  llamado “The Frying Pan” (en español: “La sartén”). Esta curiosidad conllevó a que con fina ironía (considerando el trágico final que padecería la mujer poco rato más tarde) el escritor  Alan Moore apuntase: “realmente salió de la sartén (The Frying Pan) para caer en las brasas”.

Una hora más tarde, sobre las 2:30, Mary dejó la casa de alojamiento en Thrawl Street ya que carecía de 4 peniques para una cama, lo que implica por sus últimas palabras que se ganaría el dinero en la calle con la ayuda de un nuevo y bonito sombrero que esa noche estrenaba.

Fue vista por última vez en la esquina de la calle Osborn y Whitechapel Road a las 2:30 de la madrugada del 31 de agosto de dicho año, una hora antes de su muerte, por su amiga Emily Holland. Aproximadamente a las 3.45 fue encontrada muerta por el policía John Neil, mientras cumplía su patrullaje de rutina.

En realidad, el cadáver fue descubierto por primera vez unos minutos antes de la señalada hora, por el carretero Charles Cross quien, junto a un compañero de tareas del mercado de Spitalfields llamado Robert Paul, corrió en busca de un agente para dar aviso sobre el macabro hallazgo.

Nadie, absolutamente, oyó ni vió nada. Nacía la leyenda de Jack el destripador.





miércoles, 24 de agosto de 2016

La destrucción de Pompeya



Tal día como hoy 24 de agosto la ciudad de Pompeya amaneció bajo el sol del verano. Corría el año 79 d.C.Tendida en las faldas del volcán Vesubio, la campiña sureña lucía el verdor de los pinos, de las viñas y la belleza de las flores silvestres.

Pero la tranquilidad duraría poco. A la una de la tarde, mientras que la ciudad continuaba con la rutina del día en la que los niños aprendían a escribir en las escuelas, los panaderos cocían en sus hornos el pan, los esclavos se apresuraban a servir el almuerzo a sus señores, un violento temblor sacudió la ciudad hasta los cimientos.El sol se ocultó y una lluvia de cenizas, piedras y humo cubrió las calles y los edificios.

En medio de una absoluta confusión se intentaba entender que estaba ocurriendo para que su montaña sagrada, hasta ese momento "dormida" y legendaria residencia del dios Baco, se hubiera convertido ese apacible día de agosto en el mismo averno.

Algunos consiguieron huir sin mirar atrás. Pero otros,  por poner a salvo sus bienes o porque ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar, fueron sepultados por las toneladas de cenizas y piedras que sin cesar caían sobre la asolada ciudad. El mar hervía y lanzaba peces muertos a la orilla.

Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y tenues rayos solares  atravesaron la masa de nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se apaciguó, como un dios ahíto de sacrificios humanos, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor, junto con sus habitantes, cuyos cuerpos se convirtieron también en esculturas fúnebres de piedra volcánica y mudos testigos de esta tragedia.

Artículo. Elena Muñoz
Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y pálidos rayos solares comenzaron a rasgar la masa interpuestas en nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se calmó, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor. Herculano, según ya se dijo, yacía oculta en una capa de lava de quince metros de altura, que paulatinamente se endureció, adquiriendo la consistencia de la piedra.

Más información: http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/pompeya-y-herculano
Publicado por Historia y Arqueología® en www.historiayarqueologia.com
Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y pálidos rayos solares comenzaron a rasgar la masa interpuestas en nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se calmó, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor. Herculano, según ya se dijo, yacía oculta en una capa de lava de quince metros de altura, que paulatinamente se endureció, adquiriendo la consistencia de la piedra.

Más información: http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/pompeya-y-herculano
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Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y pálidos rayos solares comenzaron a rasgar la masa interpuestas en nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se calmó, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor. Herculano, según ya se dijo, yacía oculta en una capa de lava de quince metros de altura, que paulatinamente se endureció, adquiriendo la consistencia de la piedra.

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los panaderos cocían sus panes; los tenderos cerraban sus persianas de madera para almorzar, según la costumbre romana; en el templo de Augusto sudaban los esclavos, que levantaban la estatua del nuevo emperador Tito; un parroquiano de una taberna ponía su dinero sobre el mostrador y los chiquillos de las escuelas pintarrajeaban con tiza sobre las paredes; el inteligente Publius Paquius Proculus estudiaba tranquilamente en un libro de pergaminos, y unas mozas regresaban de la fuente con sus cántaros altos y angostos en los hombros...

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los panaderos cocían sus panes; los tenderos cerraban sus persianas de madera para almorzar, según la costumbre romana; en el templo de Augusto sudaban los esclavos, que levantaban la estatua del nuevo emperador Tito; un parroquiano de una taberna ponía su dinero sobre el mostrador y los chiquillos de las escuelas pintarrajeaban con tiza sobre las paredes; el inteligente Publius Paquius Proculus estudiaba tranquilamente en un libro de pergaminos, y unas mozas regresaban de la fuente con sus cántaros altos y angostos en los hombros...

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jueves, 18 de agosto de 2016

Ochenta años sin Lorca


Hoy, 18 de agosto de 2016 se cumplen ochenta años de la ejecución de uno de los escritores más paradigmáticos de la literatura en habla hispana: Federico García Lorca.
Para muchos amantes de la poesía, del teatro, García Lorca es un mártir laico que murió de una manera injusta y, por qué no decirlo, absurda, por su condición de homosexual, algo que en la España de 1936 era un estigma imperdonable.
Nadie, a estas alturas, puede negar la absoluta pérdida que supuso para las letras españolas, más allá de la que siempre es la de la vida humana, la desaparición de García Lorca.
Él nunca creyó estar en riesgo, a pesar de los turbulentos días que vivia España en 1936, y que desembocarían en la Guerra Civil tras el levantamiento militar.
Aunque al escritor ofrecieron exiliarse tanto a Colombia como a México, ya que se temía un  atentado por su trabajo como funcionario de la República, Lorca no dio pábulo a esos rumores. El 14 de julio, dos días antes de que estallara la sublevación, llegó a la Huerta de San Vicente a visitar a su familia.
Fue arrestado el 16 de agosto y fusilado, como antes hemos apuntado, en la madrugada del 18 en el camino de Viznar a Alfacar.
Federico García Lorca nunca discriminó a amigo o enemigo por sus creencias ni religiosas ni políticas. Se sentía profundamente español, pero, sobre todo, hombre del mundo y hermano de todos.

"Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el sólo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política". (1)

Queden las palabras de otro gran poeta, Antonio Machado,  a través de un fragmento de su  poema " El crimen fue en Granada",como homenaje:

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
… Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.
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Se le vio, caminando entre fusiles
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle a la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—.
... Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, ¡en su Granada!...



Artículo: Elena Muñoz



(1) Salvador Rodríguez, «La última entrevista a García Lorca», laopinioncoruna.es, 3 de enero de 2010.

martes, 12 de julio de 2016

Reseñas para tardes de verano II: Vientos del pasado: el secreto tras el cuadro de Elena Muñoz

 Reseña del poeta y crítico Francisco Castañón que se publicó en el blog del escritor 
escritoadrede.blogspot.com
Una nueva novela de Elena Muñoz entra en el panorama literario por derecho propio. Vientos del pasado. El secreto tras el cuadro es el título del libro con el que Muñoz, escritora, bloguera, articulista, poeta y, más que gestora, diría agitadora cultural, da continuidad a su trayectoria narrativa, iniciada en 2013 con la publicación de su opera prima Como el viento en la espalda.
Vientos del pasado es una novela de intriga y de intrigas, elaborada a partir de un episodio histórico en el que aparecen personajes fundamentales de la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX, así como personajes de nuestro tiempo creados por la autora.
De esta forma, Elena Muñoz establece la acción de su novela en dos períodos temporales distintos que transcurren en paralelo a lo largo de la primera parte de la novela. Una primera parte en la que se introduce sin ambages al lector en la trama desarrollada por la escritora, a partir de un suceso que aún se mantiene en la penumbra de la historia. Un turbio asunto relacionado con una de las etapas más desafortunadas de la monarquía española, en el que Muñoz ha fijado su aguda mirada para ubicarlo como epicentro de su novela. Las consecuencias de dicho asunto se extienden en la ficción trazada por la autora hasta la actualidad.
En este sentido, la acción de la segunda parte de la novela tan solo se desenvuelve, a diferencia de la primera mitad de la obra, en el presente y enlazando, a su vez, con personajes y situaciones planteadas ya en la anterior novela de Muñoz Como el viento en la espalda. Aunque no es imprescindible conocer de antemano esa primera obra de la escritora, para sumergirnos de lleno en la trama de Vientos del pasado.
En efecto, el personaje principal, la protagonista del relato, Marta Nogales, que comenzó su andadura en Como el viento en la espalda, retoma ahora su itinerario para desentrañar otro enigma, otro “rompecabezas”. En esta novela aparecen elementos que ya se apuntaban en su primera obra y que, como telón de fondo del hilo narrativo, vuelven a estar presentes: la historia del arte, la transgresora visión del mundo que nos ofrece el artista, la relación hombre-mujer, el tema del amor, la sensualidad o el erotismo, la figura del padre,… Pero a pesar de que para entender la narrativa de Elena Muñoz no debamos perder de vista aquella novela, aquí estamos ante una historia totalmente nueva, ante una aventura diferente desde el principio hasta el final, en torno a un misterio que debe ser desvelado.
Unas joyas desaparecidas, el robo de un cuadro supuestamente pintado por Goya, una enigmática carta, el contenido de una pequeña bolsa de terciopelo negro, un asesinato sin resolver, la sombra de la masonería,…y un final inesperado, ponen los elementos que mantienen el suspense y el interés de los lectores hasta la resolución de la trama.
Vientos del pasado. El secreto tras el cuadro no es una novela histórica, aunque el punto de partida lo encontramos en unos hechos históricos que fueron decisivos para España y marcaron el fin de la Ilustración y, seguramente, el destino de nuestro siglo XIX. Elena Muñoz hace lo que tiene que hacer un escritor, una escritora en este caso, contar bien una historia. Con rigor histórico sí, pero separando la función de la novela, desarrollar un relato que tenga interés para los lectores, y la de la historiografía.
Para ello escoge un personaje que no tiene actividad en la novela, pero sobre el que pivota toda la historia, Manuel Godoy. Un personaje del que es difícil separar su condición de amante de la reina Maria Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Como sucede con la mayoría de personajes del siglo XVIII, un siglo y un tiempo trascendental en muchos aspectos, seguramente aún queda mucho por conocer sobre su figura. Godoy está en la novela, como personaje esencial de la trama y a través de sus Memorias en la primera parte del libro.
Godoy ha sido uno de los hombres que más poder ha atesorado a lo largo de nuestra historia. Tras la caída en desgracia de Floridablanca y el conde de Aranda, cuando resonaban con fuerza los ecos de la Revolución Francesa, Godoy fue elevado a las más altas instancias del Estado. Siempre se ha achacado dicho ascenso a sus historias de alcoba con la reina. Si bien está posición privilegiada le favorecería en muchos momentos, no parece que toda su carrera política pueda reducirse solo a esa circunstancia. Godoy también fue un avispado político que algunos historiadores han calificado como el primer dictador de nuestro tiempo. En su persona se unieron relevantes responsabilidades de gobierno e innumerables títulos, entre los que destacan el de Príncipe de la Paz, el de Gran Almirante, con tratamiento de Alteza Serenísima, el de presidente del Consejo de Estado y, posiblemente el más sorprendente, el de Generalísimo, título nunca otorgado en España hasta ese momento.
Otro personaje histórico con peso específico en la novela es Josefa Petra Francisca de Paula de Tudó y Catalán, Alemany y Luesia, princesa de Bassano, duquesa de Alcudia y de Sueca, grande de España por su matrimonio con Manuel Godoy y primera condesa de Castillo Fiel. Pepita Tudó o Josefina Tudó, o sea, cuya fama se debe a la polémica relación que mantuvo con el citado político Manuel Godoy, casado con la prima del rey María Teresa de Borbón, que finalmente se convertiría en su marido.
Doña Pepita Tudó es, junto a Marta Nogales, la coprotagonista de esta novela. Por lo menos en la primera parte de la obra. Una mujer que esconde un gran secreto y de la que un informe confidencial de la policía francesa, cuando se estableció en París con Godoy ya en el exilio, afirmaba que lucía en sus apariciones públicas joyas por valor de cuatro millones de francos de la época. Las mismas con las que al parecer obtuvo un préstamo de 600.000 francos del Banco Rollac. El misterio está servido y Elena Muñoz no desperdicia un ápice de esta figura, pocas veces tratada en nuestra literatura. Una de esas escasas ocasiones fue la novela Pepita Tudó del dramaturgo Ceferino Palencia, que se inspiró para ello en esta mujer de quien se piensa, no sin fundamento, que fue ella y no la duquesa Cayetana de Alba la que retrató Francisco de Goya en sus celebres pinturas de las majas vestida y desnuda.
Entre los numerosos detalles narrativos que guarda la novela, destaca el que utiliza Elena Muñoz para subrayar la relación adultera de Godoy con la Tudó. Para ello escoge el encuentro de los amantes con Gaspar Melchor de Jovellanos, quien representa mejor que nadie la ética y la virtud como ningún otro personaje de su época. 
En definitiva, Vientos del pasado es una novela que merece leerse no solo para descubrir el secreto que se esconde tras el cuadro, sino para pasar un rato agradable disfrutando de la lectura y del buen hacer literario de Elena Muñoz que se ha revelado como una solida voz de nuestras letras. © Francisco J. Castañón

lunes, 4 de julio de 2016

Reseñas para tardes de verano I: Escoba de quince, abecedario de la poesía

EN LOS PELDAÑOS
DEL TIEMPO

Trece años después de publicar su último poemario, “Hojas debidas”, Emilio González Martínez da a la luz “Escoba de quince -abecedario de la poesía-” (Vitruvio, Madrid 2014).
Este bonaerense nacido en 1945, reside en España desde hace casi cuatro décadas, y compagina su labor literaria con su trabajo como psicoanalista.
Coetáneo de una generación de relevantes autores -Ricardo Piglia (1940), Alberto Laiseca (1941), Antonio Tello (1945), Guillermo Saccomano (1948), César Aira (1949)…-, el vate argentino ha dispuesto ahora, un volumen rígido en su forma, integrado por cuarenta y siete poemas, cada uno de los cuales consta de quince versos, divididos en cinco estrofas de tres -excepto el titulado, “Nueva”, que tan solo cuenta con doce versos-.
En una de sus variadas reflexiones en torno al proceso creativo, afirmaba José Angel Valente que el lector no debe buscar una explicación en la experiencia exterior que da lugar al poema, porque esa experiencia no existe más que en el poema y no fuera de él.
Contraviniendo la recomendación del poeta orensano, resulta imprescindible al hilode la lectura de los
versos de Emilio González Martínez, el poder acercarse a la realidad que circunda su más íntimo derredor.
Pues, en verdad, su decir nace rotundo y sonoro, mas con la intención de hallar cobijo en un sujeto ajeno que pueda hacerse cómplice de su mensaje:
“No soy aquel que está escribiendo/ en este mayo de llovizna y luz,/ ausentes las horas del reloj (…)
No soy tampoco el dueño de mi voz,/ esa que se apropia de mi nombre/ y lo nombra y lo escribe en las paredes./ No soy, por fin, aquél que dice estas palabras./ Aunque lo parezca,/ no soy aquél, ni éste, ni su
sombra”.
Esta “Escoba de quince- que debe su título  al popular juego de naipes del mismo nombre-, se divide en cuatro apartados: “entre lo que fue y lo que no es, todavía”, “amar la poesía”, “está pasando -aún-” y “abecedario de la poesía”.
En cada uno de ellos, se aúnan el fulgor de un verbo de grácil y bien armado con la mesura de un discurso que apuesta por el compromiso del hombre con su devenir.
Sabedor de que la poesía es vértigo y mirada, misterio y sorpresa, llama y tormenta, González Martínez arriesga en su decir y extrema, en ocasiones, el tono de su verso para esenciar la inquietante realidad que lo rodea:
“Como el despertar que echa a andar en los sueños/ trepana la vida pública,/ las calles céntricas,/ los mansos trigales, las inagotables,/ violentas cataratas,/ las esquinas del mar, los negros yacimientos./ Trepana todo desde abajo,/ desde las cumbres del fondo,/ donde yacen, vivaces, los sueños de un pueblo”.
Hace tiempo que el 15 está considerado como un número armónico, y que por su raíz de 6, tiene relación
con el equilibrio y el amor. No es casualidad, por tanto, que en estas páginas que remiten a tal cifra desde su epígrafe, haya también un acentuado componente amatorio, desde el que el poeta logra instantes de alta temperatura lírica y donde su voz se manifiesta de manera más honda y reveladora:
“Mira hacia el ocaso y cómete la luz/ cuando en los peldaños del tiempo/ asome nuestra creciente desnudez./ Dentro, muy dentro en este amor, acecha un vendaval de labios,/ y la húmeda vendimia de la carne”.
Un poemario, a la postre, donde nada queda al azar, pues cada apuesta, cada carta, se juega muy cerca del corazón que sostiene y alienta sus líricos latidos.

Jorge de Arco

Reseña publicada en
GRANADA CULTURAL
el 31-03-2015