viernes, 15 de mayo de 2015

Leer un cuadro: El aquelarre de Francisco de Goya.


En 1798 Francisco de Goya recibe el encargo de parte de los duques de Osuna para que realice una obra conocida actualmente como El aquelarre pero que realmente se denominó entonces como  El gran cabrón. En la actualidad se encuentra en el Museo Lázaro Galdiano.


Es un cuadro de pequeñas dimensiones que muestra una reunión de brujas, por lo que recibe el nombre ya mencionado. Aquelarre proviene de una voz en euskera que significa campo del macho cabrío.

Es un cuadro de una composición muy sencilla.  La escena se sitúa en el centro del lienzo, alrededor de la figura principal, el cabrón, el Diablo. La razones de representar iconográficamente al Señor del Mal de esta manera son variopintas, aunque algunas bastantes razonables circunscritas a su relación con los sátiros de la cultura latina, o con las cabras que se ofrecían al demonio Azazael en la religión hebrea.

Circundando al Diablo aparacen las brujas que le ofrecen  niños que supuestamente le alimentaban. Vemos algunos ya devorados y de los que solo quedan los huesos, mientras que en la zona de la derecha del cuadro una madre ofrece al sacrificio a su hijo, en una escena llena de horror y dramatismo. La luna brilla en el cielo rodeada de murciélagos, aunque ya clarea por el horizonte el día.

El tema de la brujería es recurrente en Goya. Encontramos varias obras de temática parecida: Vuelo de las brujas, La cocina de las brujas, Hechizado por la fuerza y El convidado de piedra. Asimismo, cuando el pintor aragonés está realizando este lienzo también se escuentra inmerso en la creación de la serie de grabados de Los Caprichos. Es curioso observar como casi el cuarenta por ciento de estas obras están dedicados a la brujería.

¿De dónde provendría este afán por lo oscuro y la hechicería? No olvidemos que Leandro Fernández de Moratín, íntimo amigo de Goya, realizó una edición crítica del proceso de Zugarramurdi, como nos cuenta el antropólogo Caro Baroja.Y pudo ser a través de su amigo como le llegara a nuestro pintor noticias de estos temas y se despertara su curiosidad.

No podemos descartar, tampoco, que estamos cuando se pinta este cuadro en las puertas del Romanticismo y su amor por todo lo oscuro y tortuoso del ser humano: el Sturm and Drag (Tormenta e Ímpetu) alemán.

Años después de realizar este pequeño cuadro, cuando la Guerra de la Independencia había asolado España y el infame Fernando VII se sentaba de nuevo de el trono español, Goya pintó un nuevo cuadro con el mismo nombre: El aquelarre, en 1823. Las penurias y las enfermedades  habían minado al pintor de Fuendetodos y  le habían pasado factura. Esta obra es un ejemplo palmario de sus pinturas negras y de su ánimo deteriorado.

 Francisco de Goya, cansado y decepcionado de los tiempos que le había tocado vivir, murió en Burdeos, exiliado, en 1828. Más que un pintor considerado uno de los genios de la pintura universal, Goya fue un testigo gráfico de la época que le tocó vivir, más cerca del horror de los infiernos que de la luz de las praderas madrileñas que tan bien retrató.

EL AQUELARRE



Ríe la sonrisa macabra de la media luna colgada del cielo entre dos luces.
El viento mece los diminutos huesos, y en su danza entrechocan como carracas viejas.
Las salmodias se elevan y se vuelven clamores de cruces invertidas alabando al Innombrable, a aquel que viene del Infierno a celebrar el aquelarre.
Dominus veniet super nos servi tui sumus.
Señor, ven a nosotras, somos tus siervas.
La sangre inocente derramada tiñe los pechos desnudos, corriendo por el vientre que una vez los alumbraron.
Habemus hic inferni domne, da deinde dominium mali
Oh, señor del Averno aquí nos tienes, danos  tu reino de maldad
El gran Cabrón preside. Su corazón es negro, negros sus ojos clavados en las brujas que le rezan. Sus pezuñas se elevan, acogiendo a las hijas del pecado que le sirven.
Se alimenta de almas, de carnes infantiles apenas fraguadas. Él fue una vez el elegido, el bello Luzbel que retó a Dios.
La venganza es suya, tentando a esas mujeres, haciéndoles creer que, a través suyo, podrán salvarse de la miseria, de la enfermedad y la muerte.
¡Pobres desgraciadas! ¡Ignorantes todas! El es el Diablo, y no ha venido a salvar a nadie, porque no hay salvación.


Artículo y relato Elena Muñoz