martes, 20 de octubre de 2015

Antonio Daganzo: Juventud todavía




 Antonio Daganzo es  poeta, escritor, divulgador cultural y, sobre todo, un amante de la palabra, que cuida y mima hasta convertirla en un bello elemento que maneja con maestría. Prueba de ello es su nuevo libro de poemas Juventud todavía, publicado bajo el sello de Vitruvio.

Daganzo es vicepresidente de la Asociación cultural Letras Vivas y miembro de la Asociación de Escritores de Rivas. Dirige con maestría el programa de divulgación poética Poesía de oídas, que se celebra en el municipio madrileño de Arganda del Rey.

 
-         Juventud todavía es tu quinto libro de poemas. ¿Qué puede encontrar el lector en él?

Quinto poemario y sexto libro, en realidad, si contamos el ensayo divulgativo sobre música Clásicos a contratiempo, que vio la luz el pasado año 2014. De mis cinco poemarios publicados hasta la fecha, Juventud todavía quizá resulte el más templado. El más misterioso también, a pesar de su claridad. Como si la emoción lírica buscara ahondarse más y más a cada verso; como si cada palabra callara más de lo que dice en un principio.

 
-         Para cualquiera la juventud es sinónimo de futuro. ¿Es este poemario una proyección de ese futuro desde una visión del presente y un balance del pasado?

Juventud todavía es un poemario de nostalgias fecundas y de aprendizajes, fundamentalmente. Un vuelo por el cielo de la primera madurez, de modo que la memoria ensanche adecuadamente el horizonte. Sólo podía plantear esa proyección del futuro desde la ética del compromiso con la vida, simbolizado por la juventud como estado de conciencia. “Si no cabe remedio / muramos siendo jóvenes por siempre”, escribo precisamente en “Los héroes”, el poema final del libro.


-         ¿Cómo surge en el recorrido vital del poeta Juventud todavía?

El libro es fruto de una evolución lógica, tanto en lo biográfico como en lo artístico. Mientras viva el doliente había significado la asunción y la comprensión de mi oscuridad poética inicial; también su catarsis, lo que hizo posible el surgimiento, a renglón seguido, de una obra de vitalismo amoroso como Llamarse por encima de la noche. Si en Juventud todavía cabe reconocer el abrazo de la edad, la memoria y el compromiso existencial, puedo afirmar que esta nueva obra, participando de todo lo anterior, se alzaría como un trampolín hacia balances más plenos, con una mayor capacidad para indagaciones líricas futuras. A fin de cuentas, todo en poesía acaba yendo en pos de aquel no saber sabiendo, “toda ciencia trascendiendo”, que cantase San Juan de la Cruz.
 

-         También eres musicógrafo, como así lo indica tu publicación anterior, Clásicos a contratiempo. ¿Qué relación íntima encuentras entre la poesía y la música?

Una relación plena, absoluta, hasta el punto de ser consustancial, como nunca antes, a la labor del poeta. La literalidad de la tradición hoy ya no sirve, por sí misma, para construir una poética suficiente, una persuasiva alianza entre fondo y forma. Partiendo del conocimiento de las fórmulas heredadas, el poeta ha de tratar de hallar la música íntima de su voz; si se me apura, la música íntima de cada poema. Sólo así logrará definir su singularidad respecto a otras propuestas estilísticas. Y debo decir que, cuanto más familiarizado se encuentre con estructuras musicales complejas, con toda la posible riqueza de ese lenguaje, mayores probabilidades tendrá de forjar una poética totalizadora y de largo aliento.


-         Se dice que se publica muchas más poesía que la que luego se lee, tal vez porque se le tacha de elitista. Como divulgador cultural que eres, ¿qué le dirías a los lectores para animarles a acercarse a este tipo de literatura?

Hay que partir de una doble base imprescindible: entender, de una vez, que acercarse a la poesía no consiste meramente en desentrañar sus laberintos lingüísticos; y hacer entender que el uso artístico del lenguaje no representa una pose elitista sino la forma de que la realidad no nos ofrezca un único relato, de que universo y emoción se nutran recíprocamente. La realidad es, como mínimo, poliédrica, y por ello la poesía no puede ser unívoca, no podrá serlo nunca. Como divulgador hago mucho hincapié en la dimensión sensorial del lenguaje poético: su música es la puerta de acceso a los misterios de la palabra. Por eso siempre les digo a los lectores que no deben temer a la poesía. Si anhelan la belleza, el conocimiento, la comunicación o, mejor dicho, la revelación comunicada, la poesía es la casa que venían buscando. Y de una forma u otra la harán suya.



miércoles, 7 de octubre de 2015

Leer un cuadro: Las Hilanderas de Velázquez

 Por Elena Muñoz

Conocido por el nombre de Las Hilanderas, aunque su título real es La fábula de Aracne, esta obra velazqueña nos espera para ser contemplada en el Museo del Prado de Madrid. (Óleo sobre lienzo).

Corresponde a la última etapa del pintor sevillano, llevada a cabo en 1657, tan solo tres años antes de su muerte. Se cree que fue un encargo de un particular, Pedro Arce, que era a la sazón montero mayor del rey Felipe IV, por lo que de alguna manera estaba vinculado a la Casa Real.

El cuadro representa la leyenda de Aracne, inspirada en el libro V de las Metamorfosis de Ovidio. Aunque los temas mitológicos no son los más abundantes en la obra de Velázquez, si los encontramos en obras como El triunfo de Baco (Los borrachos) o La fragua del Vulcano. En esta ocasión nos narra la historia de una joven  tejedora que , llevada por la soberbia y la vanidad, osa retar a la misma Minerva a un duelo: ambas tejerán un tapiz  que derimirá cuál es la más hábil en ese oficio. El final de la fábula cuenta como la diosa castiga a la mortal y la transforma en araña, por lo que es condenada a tejer su tela eternamiente.

Velázquez resuelve la composición colocando dos escenas en dos planos diferentes. En el primero se nos representa una escena cotidiana, como podría haber sido el de cualquier taller de tejedoras. En el segundo, al fondo y más iluminado, la resolución del combate, con las figuras de la diosa, a la que distinguimos por el casco, y de la joven Aracne, momentos antes de su transformación.

Toda la magnificiencia pictórica de Velázquez se encuentra en esta pintura. El resumen de su evolución a partir del tenebrismo de su juventud, bebido de las mismas fuentes de Caravaggio, pasando por las improntas de Rubens y del viejo Tiziano hasta conseguir esa magia infundidad al lienzo, esa "atmósfera" que hace que el aire, gracias al juego de la luz y de las pinceladas sueltas, ligeras, casi en algunos momentos abocetadas, recorra y envuelvan las figuras. Baste detenernos en el detalle de la rueca, situada a la izquierda del lienzo, para ver como su movimiento convierte en dinámico lo que debería ser el estatismo de una pintura.

Asímismo, la participación de espectador se hace realidad gracias a la figura que, al fondo, a la derecha, mira como invitando a entrar en la escena. Un juego que ya Velázquez utiliza en otras obras, como La rendición de Breda, La venus del espejo o Las Meninas.

En resumen, un cuadro que transmite a quien lo contempla la razón indiscutible de por qué Velázquez está considerado uno, por no decir el mejor pintor de todos los tiempos, como así lo definió otro grande, Manet.






LA FÁBULA DE ARACNE
(Las Hilanderas)




Rodeado por el marco de la historia

la fábula de Aracne velazqueña

el pecado y el castigo nos enseña

trascendiendo del arte la memoria.



Pintado por el artista de más gloria

el cuento de la joven que se empeña

en retarse con  Minerva  a la greña,

teje con habilidad y con euforia.



Así como el agua mueve la aceña

así la diosa maldice acusatoria,

la furia ancestral  de ella se adueña.



Pues es esta leyenda probatoria

que mal fin le espera al que sueña

a los dioses vencer con vanagloria.

EM