miércoles, 2 de diciembre de 2015

Artemisia Gentileschi: "La decapitación de Holofernes"

No es habitual que la Historia del Arte rinda méritos a las mujeres que dedicaron su vida a la búsqueda de la belleza a través de sus pinceles. En el caso de la pintora que nos ocupa tuvieron que pasar más de tres siglos para que se le hiciera justicia como artista y como mujer.

Artemisia Gentileschi no fue solo una gran pintora, sino que la misma fuerza que emana de sus pinturas, en las que en muchas de ellas ensalzó a mujeres de marcada personalidad, la guió en su vida para afrontar los grandes retos a los que se vió abocada, en una sociedad estamental en la que el género femenino tenía unos únicos destinos: esposa, monja o cortesana. Su vida transcurre en una Europa en la que las monarquía absolutistas, bajo la hegemonía de Francia y Austria, se han asentado y el Barroco adquiere todo su esplendor.

Romana de nacimiento (1593), Artemisia heredó de su padre, el también pintor Orazio Gentileschi, su habilidad para la pintura, en la que encontramos una gran influencia de Caravaggio. Su primera obra la lleva a cabo a la temprana edad de diecisiete años.

Al ser mujer, no le está permitido acudir a las clases de la Academia, pues allí se exhibían  los modelos masculinos desnudos. Su padre, entonces, le busca un mentor: Agostino  Tassi, pintor con el colaboraba en la decoración del palacio Pallavicini Rospigliosi.
Tassi traiciona la confianza de Orazio y, prendado de la belleza de Artemisia la viola (1612). Aunque en un principio Agostino promete casarse con ella, se descubre que ya está casado y, entonces es denunciado a papa.
El proceso fue muy duro para Artemisa, pues se vio obligada a demostrar que decía la verdad. Finalmente, y ante la entereza y la fortaleza de la pintora, el tribunal no tuvo más remedio que declarar culpable a Tassi, aunque nunca cumplió la condena.
De la declaración de Artemisia cabe destacar la descripción que hace del momento de su violación:
"Cerró la habitación con llave y una vez cerrada me lanzó sobre un lado de la cama dándome con una mano en el pecho, me metió una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos, y alzándome las ropas, que le costó mucho hacerlo, me metió una mano con un pañuelo en la garganta y boca para que no pudiera gritar y habiendo hecho esto metió las dos rodillas entre mis piernas y apuntando con su miembro a mi naturaleza comenzó a empujar y lo metió dentro. Y le arañé la cara y le tiré de los pelos y antes de que pusiera dentro de mi el miembro, se lo agarré y le arranqué un trozo de carne".
 Eva Menzio (editora), Artemisia Gentileschi, Lettere precedute da Atti di un processo di stupro, Milán, 2004.

Este deleznable episodio no acabó con la vida de nuestra pintora, quien se rehizo y continuó con su prolífica carrera artística, que le fue llevando a Florencia, Venecia, Nápoles, en donde creó su propio taller, Londres, y finalmente a Nápoles de nuevo, en donde se cree que murió en 1656.

El cuadro que analizamos,  La decapitación de Holofernes, ha sido señalado como el testimonio gráfico de la venganza de Artemisia por la violencia sufrida. Pintado entre 1612 y 1613, señala el momento en que la hebrea Judith cercena la cabeza de Holofernes, el general babilonio. Es una composición de caracter triangular, con una factura de gran calidad, que nos muestra la habilidad de la pintora en manejar el juego de luces y sombras, que convierte el cuadro en un ejemplo del tenebrismo barroco; una escena nocturna iluminada por candiles que se presta a la exhibición del claroscuro. Llama la atención que , a pesar de la violencia de la escena, en la que vemos chorrear la sangre de las arterias de Holofernes, cuyas facciones se asemejan a las de Agostino Tassi, no hay ningún signo de sadismo en el rostro de Judith, sino todo lo contrario, una disociación de la propia escena. Es en ese detalle en el que se ha querido ver que, realmente, lo que se estaba representado era una castración, la venganza de Artemisa hacia su violador.

Tras su muerte, la pintora cayó en el olvido. Ya avanzado el siglo XX su figura fue rescatada no solo como artista sino también  como una mujer que luchó con determinación, usando el arma de su personalidad y de sus cualidades artísticas, contra los prejuicios de la época.

LA VENGANZA DE LA PINTORA

(Relato)

 La última pincelada  no cierra su herida de la que fluye la sangre de su ignominia, tan roja como la que cruza el lienzo blanco del lecho del general ajusticiado. Atrás han quedado días de angustia, de humillación y dolor, en los que se aferra con uñas y dientes a la verdad, sabiendo que su fortaleza, como la de las grandes heroínas de la Historia, es su mejor aliada.
Se separa del lienzo para abarcarlo en toda su perspectiva.
Contempla el rostro moribundo de Holofernes, máscara contraída de aquel que la deshonró. Se recrea en el brazo de Judith, quien empuña la espada con decisión al hundirla en el cuello del babilonio. Casi siente la fuerza con la que la criada sujeta el cuerpo hercúleo del hombre agonizante.
El cuadro es su triunfo sobre la fuerza bruta, como lo fue el de la inteligencia de Judith sobre la rudeza del general. Su obra servirá para dejar testimonio de su venganza.
La artista sabe que algún día su  herida cicatrizará. Mientras, ella ha de cumplir su destino, aquel que  ha elegido, atrapada por el color, por las luces y las sombras, y del que nada ni nadie la apartará, en una sociedad que solo admite a las mujeres como esposas, putas o monjas.
Ella es Artemisia Gentileschi, pintora.

(Comentario y relato Elena Muñoz)