martes, 12 de julio de 2016

Reseñas para tardes de verano II: Vientos del pasado: el secreto tras el cuadro de Elena Muñoz

 Reseña del poeta y crítico Francisco Castañón que se publicó en el blog del escritor 
escritoadrede.blogspot.com
Una nueva novela de Elena Muñoz entra en el panorama literario por derecho propio. Vientos del pasado. El secreto tras el cuadro es el título del libro con el que Muñoz, escritora, bloguera, articulista, poeta y, más que gestora, diría agitadora cultural, da continuidad a su trayectoria narrativa, iniciada en 2013 con la publicación de su opera prima Como el viento en la espalda.
Vientos del pasado es una novela de intriga y de intrigas, elaborada a partir de un episodio histórico en el que aparecen personajes fundamentales de la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX, así como personajes de nuestro tiempo creados por la autora.
De esta forma, Elena Muñoz establece la acción de su novela en dos períodos temporales distintos que transcurren en paralelo a lo largo de la primera parte de la novela. Una primera parte en la que se introduce sin ambages al lector en la trama desarrollada por la escritora, a partir de un suceso que aún se mantiene en la penumbra de la historia. Un turbio asunto relacionado con una de las etapas más desafortunadas de la monarquía española, en el que Muñoz ha fijado su aguda mirada para ubicarlo como epicentro de su novela. Las consecuencias de dicho asunto se extienden en la ficción trazada por la autora hasta la actualidad.
En este sentido, la acción de la segunda parte de la novela tan solo se desenvuelve, a diferencia de la primera mitad de la obra, en el presente y enlazando, a su vez, con personajes y situaciones planteadas ya en la anterior novela de Muñoz Como el viento en la espalda. Aunque no es imprescindible conocer de antemano esa primera obra de la escritora, para sumergirnos de lleno en la trama de Vientos del pasado.
En efecto, el personaje principal, la protagonista del relato, Marta Nogales, que comenzó su andadura en Como el viento en la espalda, retoma ahora su itinerario para desentrañar otro enigma, otro “rompecabezas”. En esta novela aparecen elementos que ya se apuntaban en su primera obra y que, como telón de fondo del hilo narrativo, vuelven a estar presentes: la historia del arte, la transgresora visión del mundo que nos ofrece el artista, la relación hombre-mujer, el tema del amor, la sensualidad o el erotismo, la figura del padre,… Pero a pesar de que para entender la narrativa de Elena Muñoz no debamos perder de vista aquella novela, aquí estamos ante una historia totalmente nueva, ante una aventura diferente desde el principio hasta el final, en torno a un misterio que debe ser desvelado.
Unas joyas desaparecidas, el robo de un cuadro supuestamente pintado por Goya, una enigmática carta, el contenido de una pequeña bolsa de terciopelo negro, un asesinato sin resolver, la sombra de la masonería,…y un final inesperado, ponen los elementos que mantienen el suspense y el interés de los lectores hasta la resolución de la trama.
Vientos del pasado. El secreto tras el cuadro no es una novela histórica, aunque el punto de partida lo encontramos en unos hechos históricos que fueron decisivos para España y marcaron el fin de la Ilustración y, seguramente, el destino de nuestro siglo XIX. Elena Muñoz hace lo que tiene que hacer un escritor, una escritora en este caso, contar bien una historia. Con rigor histórico sí, pero separando la función de la novela, desarrollar un relato que tenga interés para los lectores, y la de la historiografía.
Para ello escoge un personaje que no tiene actividad en la novela, pero sobre el que pivota toda la historia, Manuel Godoy. Un personaje del que es difícil separar su condición de amante de la reina Maria Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Como sucede con la mayoría de personajes del siglo XVIII, un siglo y un tiempo trascendental en muchos aspectos, seguramente aún queda mucho por conocer sobre su figura. Godoy está en la novela, como personaje esencial de la trama y a través de sus Memorias en la primera parte del libro.
Godoy ha sido uno de los hombres que más poder ha atesorado a lo largo de nuestra historia. Tras la caída en desgracia de Floridablanca y el conde de Aranda, cuando resonaban con fuerza los ecos de la Revolución Francesa, Godoy fue elevado a las más altas instancias del Estado. Siempre se ha achacado dicho ascenso a sus historias de alcoba con la reina. Si bien está posición privilegiada le favorecería en muchos momentos, no parece que toda su carrera política pueda reducirse solo a esa circunstancia. Godoy también fue un avispado político que algunos historiadores han calificado como el primer dictador de nuestro tiempo. En su persona se unieron relevantes responsabilidades de gobierno e innumerables títulos, entre los que destacan el de Príncipe de la Paz, el de Gran Almirante, con tratamiento de Alteza Serenísima, el de presidente del Consejo de Estado y, posiblemente el más sorprendente, el de Generalísimo, título nunca otorgado en España hasta ese momento.
Otro personaje histórico con peso específico en la novela es Josefa Petra Francisca de Paula de Tudó y Catalán, Alemany y Luesia, princesa de Bassano, duquesa de Alcudia y de Sueca, grande de España por su matrimonio con Manuel Godoy y primera condesa de Castillo Fiel. Pepita Tudó o Josefina Tudó, o sea, cuya fama se debe a la polémica relación que mantuvo con el citado político Manuel Godoy, casado con la prima del rey María Teresa de Borbón, que finalmente se convertiría en su marido.
Doña Pepita Tudó es, junto a Marta Nogales, la coprotagonista de esta novela. Por lo menos en la primera parte de la obra. Una mujer que esconde un gran secreto y de la que un informe confidencial de la policía francesa, cuando se estableció en París con Godoy ya en el exilio, afirmaba que lucía en sus apariciones públicas joyas por valor de cuatro millones de francos de la época. Las mismas con las que al parecer obtuvo un préstamo de 600.000 francos del Banco Rollac. El misterio está servido y Elena Muñoz no desperdicia un ápice de esta figura, pocas veces tratada en nuestra literatura. Una de esas escasas ocasiones fue la novela Pepita Tudó del dramaturgo Ceferino Palencia, que se inspiró para ello en esta mujer de quien se piensa, no sin fundamento, que fue ella y no la duquesa Cayetana de Alba la que retrató Francisco de Goya en sus celebres pinturas de las majas vestida y desnuda.
Entre los numerosos detalles narrativos que guarda la novela, destaca el que utiliza Elena Muñoz para subrayar la relación adultera de Godoy con la Tudó. Para ello escoge el encuentro de los amantes con Gaspar Melchor de Jovellanos, quien representa mejor que nadie la ética y la virtud como ningún otro personaje de su época. 
En definitiva, Vientos del pasado es una novela que merece leerse no solo para descubrir el secreto que se esconde tras el cuadro, sino para pasar un rato agradable disfrutando de la lectura y del buen hacer literario de Elena Muñoz que se ha revelado como una solida voz de nuestras letras. © Francisco J. Castañón

lunes, 4 de julio de 2016

Reseñas para tardes de verano I: Escoba de quince, abecedario de la poesía

EN LOS PELDAÑOS
DEL TIEMPO

Trece años después de publicar su último poemario, “Hojas debidas”, Emilio González Martínez da a la luz “Escoba de quince -abecedario de la poesía-” (Vitruvio, Madrid 2014).
Este bonaerense nacido en 1945, reside en España desde hace casi cuatro décadas, y compagina su labor literaria con su trabajo como psicoanalista.
Coetáneo de una generación de relevantes autores -Ricardo Piglia (1940), Alberto Laiseca (1941), Antonio Tello (1945), Guillermo Saccomano (1948), César Aira (1949)…-, el vate argentino ha dispuesto ahora, un volumen rígido en su forma, integrado por cuarenta y siete poemas, cada uno de los cuales consta de quince versos, divididos en cinco estrofas de tres -excepto el titulado, “Nueva”, que tan solo cuenta con doce versos-.
En una de sus variadas reflexiones en torno al proceso creativo, afirmaba José Angel Valente que el lector no debe buscar una explicación en la experiencia exterior que da lugar al poema, porque esa experiencia no existe más que en el poema y no fuera de él.
Contraviniendo la recomendación del poeta orensano, resulta imprescindible al hilode la lectura de los
versos de Emilio González Martínez, el poder acercarse a la realidad que circunda su más íntimo derredor.
Pues, en verdad, su decir nace rotundo y sonoro, mas con la intención de hallar cobijo en un sujeto ajeno que pueda hacerse cómplice de su mensaje:
“No soy aquel que está escribiendo/ en este mayo de llovizna y luz,/ ausentes las horas del reloj (…)
No soy tampoco el dueño de mi voz,/ esa que se apropia de mi nombre/ y lo nombra y lo escribe en las paredes./ No soy, por fin, aquél que dice estas palabras./ Aunque lo parezca,/ no soy aquél, ni éste, ni su
sombra”.
Esta “Escoba de quince- que debe su título  al popular juego de naipes del mismo nombre-, se divide en cuatro apartados: “entre lo que fue y lo que no es, todavía”, “amar la poesía”, “está pasando -aún-” y “abecedario de la poesía”.
En cada uno de ellos, se aúnan el fulgor de un verbo de grácil y bien armado con la mesura de un discurso que apuesta por el compromiso del hombre con su devenir.
Sabedor de que la poesía es vértigo y mirada, misterio y sorpresa, llama y tormenta, González Martínez arriesga en su decir y extrema, en ocasiones, el tono de su verso para esenciar la inquietante realidad que lo rodea:
“Como el despertar que echa a andar en los sueños/ trepana la vida pública,/ las calles céntricas,/ los mansos trigales, las inagotables,/ violentas cataratas,/ las esquinas del mar, los negros yacimientos./ Trepana todo desde abajo,/ desde las cumbres del fondo,/ donde yacen, vivaces, los sueños de un pueblo”.
Hace tiempo que el 15 está considerado como un número armónico, y que por su raíz de 6, tiene relación
con el equilibrio y el amor. No es casualidad, por tanto, que en estas páginas que remiten a tal cifra desde su epígrafe, haya también un acentuado componente amatorio, desde el que el poeta logra instantes de alta temperatura lírica y donde su voz se manifiesta de manera más honda y reveladora:
“Mira hacia el ocaso y cómete la luz/ cuando en los peldaños del tiempo/ asome nuestra creciente desnudez./ Dentro, muy dentro en este amor, acecha un vendaval de labios,/ y la húmeda vendimia de la carne”.
Un poemario, a la postre, donde nada queda al azar, pues cada apuesta, cada carta, se juega muy cerca del corazón que sostiene y alienta sus líricos latidos.

Jorge de Arco

Reseña publicada en
GRANADA CULTURAL
el 31-03-2015