jueves, 20 de octubre de 2016

Cine: Un monstruo viene a verme



Desde que pudimos encontrarnos con Juan Antonio Bayona en El orfanato o en la epopeya infantil que supone Lo imposible,  la infancia como protagonista parece una constante en este joven director.

En Un  monstruo viene a verme de nuevo nos presenta la historia de un niño que ha de afrontar sus miedos de preadolescente ante la situación vital más dramática que se le puede presentar a  un ser humano en su crecimiento: la grave enfermedad de una madre.

Basada en una novela del escritor Patrick Ness  (A monster call's) Bayona nos traslada a un periplo entre la realidad y la fantasía en el que el protagonista, rodeado de crueldad e indiferencia, debe llegar a encontrar el sentido de su propia situación. Pero no lo hará solo, sino de la mano de su  maestro yedai, un milenario árbol,  que irá cobrando vida durante varias noches y que a través de sus historias nos llevará al desenlace.

Bajo nuestro punto de vista la película tiene unos claros ecos dickensianos, tanto de Oliver Twist niño maltratado, despreciado e incomprendido),  como de Cuento de Navidad, incluso en el uso del número tres (tres historias, tres noches).

La narración es correcta, alternando entre el proceso vital  de Connor, el niño,  y las historias ejemplarizantes del monstruo. Los efectos especiales, en un ambiente  gótico, son de una estética impecable, de gran belleza. El monstruo, en otra reminiscencia evocadora de relatos inspiradores,  recuerda  a un ent de la saga de El señor de los anillos, incluso en el doblaje, perdiendo en castellano la voz original del actor Liam Neeson.

Dicho todo lo anterior, la sensación al terminar la proyección es que algo le falta o tal vez le sobra. Los recursos dramáticos son absolutamente previsibles y fáciles. El niño protagonista, Lewis MacDougall está alguna veces sobreactuado (vaya por delante la dificultad de trabajar con niños); la resolución de los conflictos demasiado rápidos y as situaciones dramáticas muy fáciles: quién se resiste a situaciones de maltrato de un niño o de enfermedad de una madre. Es una pena que no se saque más partido de la magnífica actriz que es Sigourney Weaver. Solo el final lo separa de una película que sería adecuada a un público mayoritariamente infantil .

En definitiva, una película entretenida, no mucho más, para una tarde lluviosa de otoño.



jueves, 6 de octubre de 2016

Leer un cuadro: La Gioconda y el misterio de una sonrisa

Quien se sitúa frente al cuadro de La Gioconda, en el museo francés del Louvre no puede reprimir la pregunta de cómo una obra de dimensiones tan pequeñas puede haberse convertido en un gigante de la historia del Arte occidental. Basta un simple vistazo para comprenderlo.

Porque este retrato pintado al óleo sobre una tabla de álamo representa el icono femenino más conocido en este lado del orbe. Su autor, Leonardo Da Vinci , es el paradigma del hombre del Renacimiento, época en el que la ciencia y la cultura determinaron bajar los ojos del cielo para pararse a meditar sobre el ser supremo de la creación. Este pintor, ingeniero, arquitecto nacido en el pueblo del que toma su apellido poco podría imaginar la fama que alcanzaría el retrato de una dama florentina sobre la que todavía se discute a quién representa.

A pesar de que toma el nombre de Gioconda o Mona Lisa refiriéndose a Lisa Gherardini, esposada con Francesco del Giocondo cuando es abandonada por el hijo pequeño de Lorenzo de Medicis, hay quien especula que el retrato es una versión femenina del propio pintor. Otros se conforman con señalar que Leonardo quiso hacer un homenaje a su madre Caterina, dada su condición de hijo ilégitimo.

Sea lo que fuere Da VInci reprodujo el rostro femenino de una dama florentina en el que la mirada y la curva de su boca no pueden dejar de cautivar al espectador. Unos ojos que, aunque desprovistos de cejas y de pestañas- tal vez por una mala restauración o por seguir la moda florentina del momento- parecen acompañar el movimiento de aquel que la contempla.

¡Qué decir de la sonrisa! La más famosa, podemos decir, de todos los tiempos. Una sonrisa enigmática, atractiva y que encierra distintas emociones, conseguida por el uso de una técnica en la que Leonardo era un maestro: el sfumatto. Difumina los bordes, fundiéndolos con el fondo de tal manera que quedan las figuras rodeadas de una atmósfera envolvente que pronuncia la tres dimensiones.

La perspectiva, la composición dotan a  todo el cuadro de una gran serenidad que no logra ocultar la vida latente que el autor guardó en ella. Leonardo Da Vinci en estado puro.

La Gioconda acompañó a su autor en los años finales de su vida, sin que lo diera por acabado.  A su muerte pasó a la posesión del rey de Francia  Francisco I y permanece en el país galo hasta el día de hoy, aún sufriendo varios avatares- robo, vandalismo-. Es patrimonio artístico de la humanidad.


Para terminar una cita del propio Leonardo en la que podemos encontrarle:

"El pintor es el dueño de todas las cosas que el hombre puede pensar... Lo que en el universo existe por esencia, presencia o imaginación, él lo tiene antes en su mente y en sus manos luego".


¿Miras? ¿Sonries?


Desde tu pequeña ventana de marco dorado contemplas los ojos de admiración de quienes intentan comprender más allá de lo que es una obra de Arte. Miradas que siguen tu mirada, en esa empatía visual que en pocas ocasiones se puede conseguir si no nace de los pinceles de un genio.

Dime, Lisa,  cómo era Leonardo, cómo era ese genio capaz de imaginar el vuelo del hombre-pájaro o de buscar en el corazón diseccionado el origen de la vida. Dime, Lisa, sobre qué hablaba contigo cuando su mano volaba sobre el boceto de lo que sería tu imagen para siempre plasmada en su obra perfectamente inacabada.

Seguro que nunca te imaginó en tu jaula traslúcida desde la que me sonríes. La sonrisa más famosa y misteriosa. La sonrisa de la Mona Lisa.

Dime, Lisa, cómo era Leonardo. Cómo era ese hombre que no se conformó con una vida y quiso vivir ciento.

Desde esa pequeña ventana pervives, dotada del mayor de los dones: la vida eterna.

¿Miras, sonríes? Yo también. 

Artículo y relato Elena Muñoz.